“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma
de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo
daré es mi carne por la vida del mundo”
Juan 6, 51

Objetivo

Celebrar la Eucaristía como la mayor expresión del Amor de Dios para con nosotros en la tierra y ganar así el cielo.

Desarrollo del Tema

Texto bíblico iluminador: 1 Cor.11, 23-34; Jn 6, 51-5

Preguntas para reflexionar

“La Eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y Sangre del Señor Jesús, que El instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna.” (Catecismo del a Iglesia Católica 1409).

Con motivo del Jubileo de nuestra Diócesis de Neiva, que celebra sus 50 años de evangelización, qué mejor, que los fieles recordemos y renovemos nuestro compromiso de bautizados, viviendo y celebrando cada día mejor el Banquete del Amor: La Eucaristía. ¡El amor es entrega y donación! Y en la Eucaristía, Dios se entrega y se dona completamente a nosotros. También la eucaristía es un gesto de amor. Es más, es el gesto de amor más sublime que nos dejó Jesús aquí en la Tierra. A la eucaristía se la ha llamado “el Sacramento del amor” por antonomasia.

¿Qué le movió a quedarse con nosotros? ¿Qué le movió a darnos su cuerpo? ¿Qué le movió a hacerse pan tan sencillo? ¿A encerrarse en esa cárcel, que es cada Sagrario? ¿A dejar el Cielo, tranquilo y limpio, y bajar a la Tierra, que es un valle de lágrimas y sufrimientos sin fin? ¿A dejar el calor de su Padre Celestial y venir a esta tierra tibia, a veces gélida, y experimentar la soledad en tantos Sagrarios? ¿A despojarse de sus privilegios divinos y dejarlos a un lado para revestirse de ropaje humilde, sencillo, pobre, como es el ropaje del pan y vino?

¿Qué modelos humanos nos sirven para explicar el misterio de la eucaristía como gesto de amor? Veamos el ejemplo de una madre. Primero, alimenta a su hijo en su seno, con su sangre, durante esos nueve meses de embarazo. Luego, ya nacido, le da el pecho. Así como una madre alimenta a su propio hijo con su misma vida, de su mismo cuerpo y con su misma sangre, así también Dios nos alimenta con cuerpo y la sangre de su mismo Hijo Jesucristo, para que tengamos vida de Dios, y la tengamos en abundancia. Y al igual que esa madre no se ahorra nada al amamantar a su hijo “no sea que me quede sin nada”, así también Dios no se ahorra nada y nos da todo: cuerpo, alma, sangre y divinidad de su Hijo en la eucaristía.

¡El amor es entrega y donación! Y en la Eucaristía, Dios se entrega y se dona completamente a nosotros. ¡Cuántos gestos de amor nos demuestra Cristo en la eucaristía! Fuimos invitados al banquete: “Vengan, está todo preparado. El Rey ha mandado matar el mejor cordero que tenía.

Vengan y entren”. Cuando a uno lo invitan a una boda, a una fiesta, a un banquete, es por un gesto de amor. Ya en el banquete, formamos una comunidad, una familia, donde reina un clima de cordialidad, de acogida. No estamos aislados, ni en compartimentos estancos. Nos vemos, nos saludamos, nos deseamos la paz. ¡Es el gesto del amor fraterno! El gesto de limpiarnos y purificarnos antes de comenzar el banquete, con el acto penitencial: “Yo confieso”, pone de manifiesto que el Señor lava nuestra alma y nuestro corazón, como a los suyos les lavó los pies. ¡Qué amor delicado!

Después, en la liturgia de la Palabra, Dios nos explica su Palabra. Se da su tiempo de charla amena, seria, provechosa y enriquecedora. ¡Qué amor atento! Más tarde, en el momento de la presentación de las ofrendas, Dios nos acepta lo poco que nosotros hemos traído al banquete: ese trozo de pan y esas gotitas de vino y ese poco de agua. El resto lo pone Él. ¡Qué amor generoso! Nos introduce a la intimidad de la consagración, donde se realiza la suprema locura de amor: manda su Espíritu para transformar ese pan y ese vino en el Cuerpo y Sangre de su Hijo. Y se queda ahí para nosotros real y sacramentalmente, bajo las especies del pan y del vino. ¡Pero es Él! ¡Qué amor omnipotente, qué amor humilde!

No tiene reparos en quedarse reducido a esas simples dimensiones. Y baja para todos, en todos los lugares. Independientemente de que se le espere o no, que se le anhele o no, que se le vaya a corresponder o no.

El amor no se mide, no calcula. El amor se da, se ofrece. Y, finalmente, en el momento de la Comunión se hospeda en nuestra alma y se hace uno con nosotros. No es Él quien se transforma en nosotros; sino nosotros en Él. ¡Qué misterio de amor!

Testimonio
Existen muchos testimonios sobre los santos y su amor por la Eucaristía porque es signo del amor de Dios por su pueblo: “Se cuenta que San Juan María Vianney, el Santo cura de Ars, tenía un feligrés, el cual salía, siempre rápido de la Iglesia, nada más comulgar; hasta que una vez, para hacerle ver la importancia de la presencia real de Dios en su alma, después de comulgar, hizo que un día, dos monaguillos fueran con el feligrés, custodiándolo con dos velas encendidas, hasta su casa”

Y para quienes dudan que Cristo esté realmente presente en la Eucaristía: “Este es uno de los milagros más conocidos de san Antonio. Una vez, encontrándose en Rimini, el santo trató de convertir a un hereje. Discutían sobre la real presencia de Jesús en la Eucaristía. El hereje, llamado Bonfillo, lanza el desafío al fraile afirmando: si tú, Antonio, lograras probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes está, velado, el verdadero cuerpo de Cristo, yo renunciaré a cada herejía y abrazaré sin demora la fe católica. Antonio acepta el desafío convencido de conseguirlo todo de Dios, por la conversión del hereje.

Entonces Bonfillo, dice: «Yo tendré encerrada mi mula por tres días privándola de comida. A los tres días, la sacaré ante la presencia del pueblo y le dejaré el heno listo para que coma. Tú mientras tanto estarás por el otro lado con aquello que afirmas ser el cuerpo de Cristo. Si el animal incluso hambriento rechaza el alimento y adora a tu Dios yo creeré sinceramente en la fe de la Iglesia».

Antonio rezó y ayunó todos los tres días. El día establecido, la plaza estaba repleta de gente, todos a la espera de ver quién ganaba la disputa. Antonio celebró la misa delante de la muchedumbre y luego con suma reverencia acercó el cuerpo de Cristo ante la mula hambrienta y al mismo tiempo Bonfillo le enseñó el heno. Entonces san Antonio ordenó al animal: «En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar«. El santo ni siquiera había acabado estas palabras cuando el animal, dejando a un lado el heno, inclinándose y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante de la Eucaristía. Una gran alegría contagió a los fieles y el hereje renegó de su doctrina en presencia de toda la gente y se convirtió a la fe católica.

Liturgia

El encuentro con Cristo presente en la Eucaristía nos debe llevar a reconocer que a veces no nos presentamos lo suficientemente preparados para tal gracia por eso celebraremos un acto penitencial en el que haremos un acto de desagravio por nuestras faltas contra la Eucaristía.

Compromiso
Compartir la alegría del Encuentro con Cristo Eucaristía con nuestros familiares y conocidos y durante este mes procuraré hacer que más de ellos participen activamente en la Eucaristía dominical.

 

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