“Y el rey les dirá: «les aseguro que cuando lo hicieron
con uno de estos mis hermanos más pequeños,
conmigo lo hicieron»”
San Mateo 25, 31-46

 

Objetivo

Reflexionar cómo las buenas obras constituyen un verdadero tesoro para la vida eterna.

Reflexión

¿Qué me motiva a hacer buenas obras?
• ¿Qué relación hay entre la fe y las obras en la vida cristiana?
• ¿Por qué se dice que las buenas obras son un tesoro para el cielo?

TEMA

La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras. A la derecha se sitúan los que han actuado de acuerdo a la voluntad de Dios, que han ayudado al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, el enfermo, el encarcelado, el extranjero. Mientras que a la izquierda están los que no han socorrido al prójimo. Esto nos indica que seremos juzgados por Dios en la caridad, en cómo lo hemos amado en los hermanos, especialmente los más vulnerables y necesitados.

Por supuesto, siempre hay que tener en cuenta que somos justificados, que somos salvados por la gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede. Solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido, pero para dar fruto, la gracia de Dios siempre requiere de nuestra apertura a Él, de nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene para traernos la misericordia de Dios que salva. Se nos pide que confiemos en Él, de responder al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y el amor.

No tengamos nunca miedo de mirar el juicio final; que ello nos empuje en cambio a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres y en los pequeños, para que nos comprometamos con el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Por tanto es necesario reconocer a que vino Cristo al mundo: El Señor vino a este mundo y pasó haciendo el bien (Hch 10, 38), con palabras y obras, sus palabras daban sentido a lo que hacía, y sus obras acreditaban su predicación (Jn 10, 25; Lc 4, 14-21). De esta manera, el Señor nos enseña que la vida cristiana debe asumirse desde la contemplación y la acción complementariamente (Lc 10, 38-42; Mt 6, 5-15; Mc 9, 37), y que todo lo que hagamos debe ser expresión del amor a Dios y a nuestros hermanos (Mt 22, 34-40).

El Magisterio de la Iglesia nos da luces al respecto con la Encíclica Deus Caritas Est (Dios es Amor) del Papa Benedicto XVI: El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial (n. 20).

“La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (n. 25).

“La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea” (n. 25).

“El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios.” (n. 39).

El teólogo Hans Urs Von Balthasar escribió un texto titulado “Sólo el amor es digno de fe” (Salamanca, 2004), texto en el que explicaba como las obras y lo que realizamos hace creíble nuestra fe, cómo nuestra conducta es la mayor y mejor expresión de la fe que vivimos y hace que, además de edificar la fe del prójimo con el testimonio, nuestra fe sea creída en lo concreto y cotidiano de nuestra vida (el amor como acción, como forma y como luz). Hacer todo con amor, significa hacerlo todo desde Dios. San Agustín decía “ama y haz lo que quieras” y Santa Teresita del Niño Jesús: “He encontrado mi verdadera vocación, mi vocación es el Amor”.

Finalmente, como bien lo afirma San Juan de la Cruz, “al final de la vida seremos juzgados en el amor”, no tendrán peso los títulos, ni las posiciones sociales, ni las riquezas materiales, ni la fama, ni las apariencias. Al final, nuestro mayor y único tesoro será el bien que hicimos, las buenas obras que realizamos, cuánto amamos y con qué calidad e integridad lo hicimos. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, pueda reconocernos como siervos buenos y fieles, es la esperanza que nos anima a todos los que vivamos según el amor y la caridad que nacen de él y que por medio del Espíritu Santo infunde en cada uno de nosotros.

Testimonio

Carlo Acutis fue un estudiante y programador de informática italiano beatificado el 10 de octubre de 2020. Desde pequeño Carlo mostró un gusto por la piedad y siendo joven tuvo una profunda devoción por la Eucaristía, en especial por los milagros eucarísticos de los que ideó y organizó contenido audiovisual para su difusión, y por la Santísima Virgen María, además de destacarse por ayudar a personas sin hogar, ser voluntario en comedores populares y colaborar como catequista.

Murió a los quince años y un hecho que llamó la atención, dentro de muchos otros claro está, es que cuando Carlo falleció, su madre se sorprendió por la cantidad de gente que asistió a la Misa en su memoria, ya que la mayoría eran de muy bajos recursos, a quienes ella no conocía. En ese momento, descubrió que su hijo había ayudado a los pobres sin que lo supiera. Carlo ayudaba en secreto. Su familia le daba una pequeña suma de dinero semanalmente, porque no olvidemos que estamos hablando de un adolescente. En vez desgastarlo, lo juntaba en su totalidad y, al fi n de mes, lo llevaba a la Mesa de los Pobres, la obra franciscana ubicada en Milán, donde vivía con sus padres. Además, con lo que juntaba, compraba colchones para la gente que vivía en la calle.

Todo esto nos permite ver cómo, además de su profundo amor a la Eucaristía, la Oración y la Virgen, amaba a los demás y se los demostraba con sus buenas obras y según sus circunstancias y posibilidades, lo que nos deja claro que para hacer el bien no hay que esperar a ser millonarios, basta con tener un buen corazón.

Liturgia

Realizar un pequeño altar y recitar el Santo Rosario por todos los fieles difuntos, y en especial por aquellos que conocemos; también, participar devotamente de la Eucaristía y realizar mi ofrecimiento personal por esta
misma intención.

Misión

Recordar y estudiar las Obras de Misericordia y durante este mes realizar una obra de misericordia espiritual y una obra de misericordia corporal.

 

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